
Fue su orgullo lo que pise al no saberlo, al no importarme el primer encuentro ni el hecho de que ahora estaba ahí, frente a mi.
Es el pedazo de metal que lleva siempre entre su piel y su corazón lo que hizo que no me mintiera y aun así me deje volar, por que no se volar sin dientes.
Tres palomas en su ventana, una gaviota y cinco puertas azules iluminaban aquella vista, a la calle, mientras el cielo escondía siniestro amanecer bajo el cabello rebelde de una estación.
Tres lineas de un libro no me otorgaron el placer de dormir. Seis cigarros innecesarios corrieron tras el tiempo y fue menos lo que nos sostuvimos el uno al otro.
Solo me acosté con una camisa de algodón ya encogida por el sudor de nuestros cuerpos golpeando contra el calentador.
Reconocí su olor después de un vaso de agua del grifo ingles, lo reconocí justo antes de mentir dos veces en su cocina, mentí frente aquellos que no seguía mi lenguaje latino y solo estaban interesados en mi pelota de plástico, un regalo de la mejor persona que conozco en mi vida, un reflejo de mi.
Intente dejar abierto el hilo de sensaciones que nos perseguía, pero con poca gracia lo cerré al final por no dejar sospecha en las manchas de su pared.
Recogí las ultimas horas y las convertí en minutos para poder salir. Después de su puerta cada momento que se escapaba, cada segundo que respiraba se manifestaba en unas cuantas frías evidencias de su sinceridad. Nostalgia prematura.
Yo no tengo miedo a esconder pasados, ni presentes y no espero menos del futuro.
Ella si, ella espera todo y nada, aun la siento cada vez que se ducha, la siento respirando en mi nunca, idealizando la noche y buscando pretextos para seguir esta mecánica, para no estar sola. Aun me burlo de ella... tal vez la encuentre persiguiendo a alguien mas, en algún bar, en alguna ciudad donde piensa que todos la ven y nada la nota. Se siente rata y borrego a la vez.



